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  • Una buena caminata

    Es domingo. Me he venido caminando desde la casa de una amiga que vive en Pedro de Valdivia con Sucre hasta la casa de mi madre, en Ramón Cruz con Grecia. Es verano, ha sido un día caluroso. Sin embargo, a la hora de la caminata, cerca de las 11 de la noche, corría una brisa fresca. El cielo se veía estrellado en esta oscuridad tan particular de Santiago. Estas son calles por las que solía caminar cuando vivía aquí, en Chile, hace ya más de seis años. Siento los cambios, los lugares parecen hablar. Hay recuerdos que parecen residir más en la materialidad de los espacios que en mi mente. Es un diálogo entre mi cuerpo y los lugares, como si yo caminara leyendo lo que quieren contarme. Hay sentimientos que vuelven. Uno en particular: el miedo a caminar en la noche, sola, por calles también solitarias.

    Mi intención no era caminar todo el trayecto. De hecho, tenía prisa por llegar. Pero había olvidado mi tarjeta Bip! para pagar el bus. Por lo tanto, tenía cuatro alternativas: pedir al micrero que me llevara, colarme, tomar un taxi o caminar. Estuve a punto de parar un taxi, pero la noche estaba ‘rica’ y decidí caminar al menos hasta unas esquinas más allá. Luego otras más, y así hasta que la distancia que quedaba por recorrer era absurdo hacerla en taxi. En total, fueron unos 40 minutos hasta mi casa. Pensé muchas cosas durante el camino: planifiqué la semana; pensé que caminar es un buen método para pensar, las ideas parecen ponerse en movimiento junto con el cuerpo; recordé las cartas del Tarot de la tirada de esta tarde; pensé en el trabajo que podré hacer dentro de las próximas dos semanas y en las actividades con las que debo cumplir: cumpleaños, compromisos. En un momento me parecieron tan valiosos mis pensamientos que, pese al pudor, saqué una libretita y comencé a escribir mientras andaba. Escribí sobre la diferencia que hace el poder ‘elegir’ caminar, en vez de ‘tener’ que caminar. También sobre que no recuerdo arrepentirme de elegir caminar: siempre encuentro algo que hace que valga la pena, aunque sea la simple sensación de ‘haber hecho algo’.

    Lamento ese sobresalto que algunas calles me provocaron, sobre todo esas calles más pequeñas y solitarias que se adentran en los barrios. Mi ritmo se interrumpía, los pensamientos se paralizaban. Intentaba convencerme de que nada pasaría, y nada pasó. Aun así, a ratos mi caminar fue angustioso, atento a los ruidos, girándome para tener control de quien viniera detrás, el sosiego de encontrar a otra mujer caminando o el susto de ver a un hombre avanzar por la vereda de enfrente. A ratos mi caminar fue una batalla de imaginarios y experiencias que han escrito mi cuerpo a lo largo de los años. Aun así, el recuerdo que me queda es el de una buena caminata.